En El Monstre de Paper cada mañana comienza a las nueve con los Buenos Días. Hoy Ana, la encargada del proyecto pedagógico, canta y toca la armónica. Los pequeños están reunidos en círculo en el centro de la sala, acompañan la música con palmas, movimientos de mano y cabeza. A las diez llega el desayuno: una gran fuente de frutas que han preparado las madres y padres. Tras ello deciden salir al patio: los tomates ya han madurado en el pequeño huerto que puede tener El Monstre. Se trata del patio interior de una parroquia del barrio de Poble Sec, en Barcelona, que alquilan las familias que conforman el proyecto.

Rodeado de árboles y montañas, a las afueras de Manresa, se encuentra Espai de vida Crisàlide, un proyecto educativo para pequeños de 3 a 6 años. Aquí, rodeados por la naturaleza, los alumnos aprenden y se desarrollan en un entorno libre y seguro // Pau González

Ana, y Miriam, acompañantes y gestoras del proyecto, mantienen contacto con las familias cada día. Son ellas las que han establecido las bases a lo largo de estos siete años que cumplió El Monstruo de Papel. Pero, dicen, el trabajo es conjunto y recíproco. “Para nosotros es una extensión familiar”, asegura Vanessa, quien junto a su pareja –Martín-, y a su hijo –Elías-, son una de las ocho familias que conformaron El Monstre durante el curso pasado.

“Lo que mejor nos define es grupo de crianza compartida. No todo recae en el educador, esta crianza es compartida con las familias y sus palabras: lo que opinan, lo que piensan, cómo cuidan a sus hijos… todo ello es casi más importante que nuestra labor”, comenta Ana. Cuenta también que todo empezó gracias a siete mujeres del barrio que decidieron crear un espacio donde poder trabajar y educar a sus hijos antes de que cumplieran los tres años.

El Monstre de Paper nació en 2010 cuando un grupo de familias se juntaron para crear una asociación de crianza compartida. Actualmente está conformado por 2 educadoras y 12 familias // Luay Albasha

Hoy el Monstre se encuentra dentro de la PEPI, una plataforma de grupos de crianza de los barrios de Poble Sec y Sants que lleva más de dos años negociando con el Ayuntamiento la posibilidad de licencias de actividad ajustadas a sus realidades, ya que se mueven en un vacío legal.

En Espai de Vida Crisàlide, los pequeños y sus familias van llegando entre las 9 y las 9.45, lo que las familias denominan como llegada tranquila. “A las 10 es la trobada: todos nos reunimos con nuestros cojines en torno al nido, lugar de encuentro por la mañana y al finalizar el día”, cuenta Meritxell Giralt, una de las tres acompañantes que conforman el equipo pedagógico de Crisàlide, pensado para niños y niñas entre los tres y los seis años.

Los alumnos y alumnas de Crisàlide, durante el tiempo de descanso entre el almuerzo y la hora de psicomotricidad atienden a la acompañante Meritxell Giralt // Adrián Ortiz

Esta mañana ha surgido un conflicto: Jan no está contento de estar sentado al lado de Teo. Las acompañantes se percatan y le preguntan si hay algo que quiera comunicarle a su compañero. A Jan le cuesta expresarlo pero lleva unos días molesto porque Teo no le deja leer tranquilo. Finalmente puede cambiarse de sitio y ya parece más contento. Por su parte, Meritxell le pregunta a Teo cómo se siente al saber que su compañero no quiere estar sentado a su lado. Pero parece que lo acepta y la trobada sigue con normalidad. Ambos tienen cuatro años.

Crisàlide es una asociación sin ánimo de lucro basada en la pedagogía libre y activa. Aunque comienza a pensarse en el año 2011 por varias familias, no es hasta el 2014 que el proyecto se hace realidad con tan solo dos alumnos. Hoy son un total de 15 alumnos o 13 familias que mantienen esta escuela viva. “Hacemos un acompañamiento desde el amor y el respeto hacia los procesos de vida de cada niño, atendiendo a su propia historia. Son ellos los que eligen, se trata de acompañar y estimar a la persona que tienes a tu alrededor, de respetar su proceso de vida”, explica Meritxell.

En Espai de Vida Crisàlide se atiende a las necesidades individuales de cada niño y niña. Hoy algunos tienen el turno de recoger y lavar los platos, los demás aprovechan el tiempo libre para la lectura o el descanso // Adrián Ortiz

En Momo es fin de curso y todas las edades y todos los espacios parecen mezclarse. Son un total de 64 alumnos de infantil y primaria que se mueven de manera aparentemente aleatoria por una casa de tres plantas situada en Esplugues de Llobregat. Durante la mañana algunos pintarán o cantarán, otros lanzarán aviones y correrán por el área de tránsito libre, otros terminarán de ultimar el llamado Circo Purpurina que cierra el año, otros grabarán y editarán su propio material audiovisual o harán poesía antes de exponerla ante el resto de compañeros.

En la planta de abajo los alumnos de infantil empiezan la mañana paseándose entre tres espacios que responderán a diferentes necesidades. Dejamos los zapatos al entrar y, en el primer espacio, sentados en el suelo, hay un grupo de cuatro niños y niñas que leen vigilados por una de las acompañantes. El siguiente espacio corresponde a la necesidad de movimiento Es, sin duda, el espacio más transitado. “A esta edad es lo que más demandan”, confirma otra de las acompañantes. El tercer espacio es el de expresión y arte. Hay todo tipo de manualidades, colores, materiales y creaciones. Al fondo, sentadas en silencio alrededor de una gran mesa de madera, varias niñas pintan guiadas o no por su acompañante.

En Momo los materiales educativos como los juegos Montessori son elegidos para desarrollar el conocimiento y el pensamiento abstracto, además de aportar otras habilidades como la motricidad fina //Carlos Valbuena

En la planta más alta tiene lugar la trobada del ciclo superior de primaria, es decir, lo que sería quinto y sexto curso. Son siete alumnos y alumnas y a estas alturas del curso y de la vida se entienden a la perfección. “Las tres normas que siempre repetimos a los niños en Momo es que nos cuidamos a nosotros mismos –por dentro y por fuera-, cuidamos al otro y cuidamos el espacio que compartimos”, cuenta Isabel, acompañante de primaria.

Momo es un proyecto de educación viva creado por familias y trabajadoras que conforman una cooperativa: cuentan con una asamblea para la toma de decisiones en la que cada niño tiene un voto. Definirse como “proyecto de educación viva” quiere decir nutrirse o estar nutrido de diferentes tendencias y escuelas: las clásicas Montessori o Waldorf, la Escuela Libre de Rebeca Wild, la Comunicación No Violenta de Marshal Rosenberg o la Escuela Moderna de Ferrer i Guardia. Isabel dice que al final se trata de preguntar qué necesidades tienen los niños según la etapa de desarrollo en la que se encuentran y buscar entonces la mejor manera de cubrirlas.

Momo ha creado sus espacios al aire libre con elementos pensados para que los alumnos jueguen. La curiosidad les invita a explorar e investigar // Carlos Valbuena

Algo que tienen en común todas, o casi todas, las escuelas vivas es el trabajo por proyectos, es decir, en cada ciclo se decide qué tema se va a investigar. En torno a éste tema se desarrolla un trabajo de investigación completo que normalmente dura dos semanas. La idea es crear una producción, con una exposición final del tema, donde es el niño o niña la que construye.

Ernesto, estudiante de secundaria, pinta en el jardín de su escuela, Liberi, en un lienzo. En su tiempo libre, junto con un ayudante, cuida de las plantas y frutales del huerto// Alba Cambeiro

Desde la biblioteca de la escuela Liberi, donde puede leerse a Pessoa, Whitman, Neruda, James Joyce o Agatha Christie, pueden verse los diferentes ambientes que forman la escuela: el jardín y el huerto –donde estar y transitar es totalmente libre- quedan justo enfrente, el teatro y sala de exposiciones está en otro módulo anexo al principal y los espacios de matemáticas, ciencias, historia, catalán y castellano se comparten en una gran sala diáfana de madera.

La tranquilidad de la biblioteca se rompe con la llegada de Pablo y Lucas –son dos alumnos de primaria, de once y nueve años respectivamente-. Entran a ojear varios de los periódicos que están sobre la mesa. Explican que en septiembre Pablo empezó a editar la revista Tot Liberi, que es de periodicidad semanal y de información local. Por su parte, Lucas tiene un periódico que se llama Planeta y que cubre las noticias internacionales. “Pero los dos siempre vamos de la mano, compartimos la información, la suya es de noticias más de aquí y la mía son noticias más de fuera”, aclara Lucas, el menor de ellos.

Los alumnos de Crisàlide le han nombrado a su trampolín “boti boti”. Alba ya tiene la altura suficiente para subirse a él y poder saltar, este es el requisito para usar el boti boti, pues garantiza que su cuerpo esté los suficientemente desarrollado para este juego // Pau González

Mercedes, educadora y acompañante explica que la escuela busca ir más allá del aprendizaje: se trata de encontrar un punto de vista crítico. “Debatimos, hablamos sobre temas que tienen que ver con la actualidad, además de los grandes temas de ciencias o de literatura. También se trata de que se una escuela feminista, que los temas rescaten todo lo que está en los márgenes: minorías, voces silenciadas, etc.”, explica.

Liberi nació hace seis años y en el último curso han tenido un total de 160 alumnos, 55 de ellos de secundaria –con la que comenzaron hace dos años. Se trata de una escuela homologada que cuenta con maestros, licenciados y colaboradores habituales para tareas como video o dibujo. No se acoge a ninguna pedagogía en concreto, si no que absorbe de todas aquellas que se replantean la estructura clásica de la escuela.

La jornada está por terminar, los alumnos y alumnas de Crisàlide aprovechan este tiempo para jugar fuera, pues a esta hora, después de comer y descansar es cuando tienen más energía // Adrián Ortiz

Mercedes es consciente de las dudas que este tipo de educación genera pero dice que lo que los alumnos y alumnas obtienen aquí no son sólo conocimientos, sino una mayor capacidad de comprensión y profundidad. “Cuando terminan aquí algunos van al bachillerato, otros a un módulo y otros deciden tomarse una año sabático para saber qué es lo que quieren hacer. Inevitablemente hay esta exigencia exterior, se acercan al mercado laboral y son ellos mismos los que se preocupan de si estarán o no estarán preparados”, concluye Mercedes.

En Liberi se fomenta el juego libre como método para estimular la creación y el desarrollo físico y psíquico. A los estudiantes se les proporcionan diversos materiales con los que experimentar, jugar y realizarse // Alba Cambeiro

 

Expuesto en la Universitat Autònoma de Barcelona para el curso 2020/2021