A bordo de Encarna y Miguel, una de las 29 embarcaciones pesqueras que quedan en Barcelona, sus 14 marineros nos muestran la dureza de la pesca, un oficio que parece condenado a desaparecer.

 

En la actualidad sólo quedan 29 pesqueros en el muelle de la Barceloenta. La pesca, un sector en crisis en toda Cataluña, pues en 2000 había 1.550 pesqueros en la región. En 2016 tan solo unos 814.

 

“Voy a vomitar” murmura sentado Ismael con la cabeza entre las manos. Viene de una familia de pescadores y él lo ha sido durante 20 años, pero dos décadas en el mar no lo hacen inmune a noches agitadas como la de hoy.

Manolo y sus hombres han dejado la Barceloneta atrás y pasarán horas hasta que regresen a ella. Navegan en dirección a Vilanova y la Geltrú. Hoy, después de un mes de veda, se abrieron las fronteras marinas de la zona. La veda es un periodo en el cual no se permite pescar, una medida que pretende dar un espacio de tiempo a la reproducción de ciertas especies marinas.

Antes de zarpar revisan las condiciones meteorológicas de esa noche. Aplicaciones móviles les ayudan a saberlas y a ver en dónde están otras embarcaciones.

 

El rugir de las olas que rompen contra el barco marca el compás de su agresivo balanceo. Las horas se alargan ahí debajo. Algunos pescadores duermen, el resto lo intenta. Finalmente el sonido de una corneta resuena entre las literas. En segundos se arman con botas e impermeables y suben a cubierta.

Las pesadas redes se suben con grúas. al barco después de haber sido remendadas en el muelle. Las redes se dañan en casi todos los cercos .

El cerco

Tito está en la pequeña barca que hace el cerco, la pesadilla de cualquiera susceptible al mareo. Adry y Sheriff tiran de las redes. Toni maniobra con cuerdas. Los catorce marineros son dirigidos desde la cabina por Manolo, capitán del barco, quien por la ventana grita “‘¡Bajen la grúa!, ¡Más despacio!, ¡Para, para!, ¡Joder, para!”

Los pescadores se preparan para zarpar. Salen del puerto de la Barceloneta cada noche a las 23hs, excepto las noches del viernes y del sábado, cuando descansan.

 

El cerco se cierra. Aquellos peces que estén dentro pronto serán pescados. La penumbra de la noche es decorada por luces en el mar. Son otros pesqueros de la Barceloneta y de puertos vecinos. Como Encarna y Miguel, el barco de Manolo, hay otras 29 embarcaciones en el muelle, menos que nunca, según datos de la Confraria de Pescadors de Barcelona. En el 2012, había 40 embarcaciones. El trabajo es duro y cada vez menos personas están dispuestas a hacerlo; se trabaja de la noche a la mañana, el frío y el viento no perdonan en invierno, los peces cada vez son menos, los riesgos son altos y el cobro es bajo.

Los riesgos de la profesión son altos. Un pescador se puede jubilar a partir de los 55 años.

 

El descenso de la flota no sólo la ha sufrido La Barceloneta, en Catalunya, según datos oficiales del Departament d’Agricultura, Ramaderia, Pesca i Alimentació, en el año 2000 había 1.550 pesqueros, años después, en 2016, el número se había reducido a 814, cifra que continúa disminuyendo.

Pueden pasar varias horas desde que zarpan hasta que pescan, el tiempo lo aprovechan para descansar.

 

Un día malo es dinero y tiempo perdido, como el de hace un mes, cuando Encarna y Miguel quedó atrapado en las piedras cercanas a Sitges. Fueron horas las que los pescadores intentaron liberar las redes hasta que uno de ellos se echó a las frías aguas con cuchillo en mano. Llegaron al puerto por la mañana sin pescado, sin combustible y con las redes destrozadas. Fue un día particularmente desastroso, pero los días en los que se pesca poco y se gana poco suceden varias veces por semana.

Una esquina de la cabina es resguardada por la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores,. Conocida también como “la estrella de los mares.”

 

El pescado

Con las grandes redes sacan cientos de boquerones, mismos que en unas horas se subastarán, llegarán principalmente a Mercabarna, el mayor centro de abastecimiento alimentario de Barcelona. Aproximadamente, solo un 16% del pescado que se vende en los locales del recinto comercial proviene de la pesca catalana, mientras que un 50% es importado de fuera del Estado Español.

Con ayuda de los radares, Manolo, el capitán, decide en dónde hacer el cerco dependiendo del tamaño del banco y su profundidad.

 

La Dra. Bozzano, bióloga marina y cofundadora del proyecto El Peix al Plat, “La pesca local es incapaz de abastecer la demanda”, explica la Dra. Bozzano. La importación de pescado tiene serias implicaciones medioambientales, pues proviene de distintas partes del mundo, en su transporte se requiere combustible para los recorridos largos y diarios. La pesca global es difícil de regular y la pesca a gran escala debido a su magnitud, tiene menor capacidad para discriminar entre especies marinas, su daño al ecosistema es mayor. “¿Como consumidores qué podemos hacer? Tenemos una responsabilidad como consumidores, diversificar el pescado fresco que compramos y procurar que sean especies de proximidad y de temporada”, indica la Dra.Bozzano. En el 2016 se subastaron poco menos de 30 mil toneladas de pescado en Cataluña, mientras que en 1981 se vendieron 60 mil toneladas, estos datos no responden a una baja en la demanda, si no a una baja de la población marina.

Al momento de la pesca se apaga el motor, lo que provoca mayor movimiento del barco.

Mientras tanto los pescadores siguen sacando boquerones, que caen en cascada sobre las cajas de madera. El motor del barco está apagado, se mueve como nunca, cualquiera que intentase caminar sobre cubierta en este momento, se encontraría al instante con el suelo o  con la fría agua del mediterráneo en invierno. Pero los marineros se mueven con toda seguridad. Ismael se fuma un cigarro mientras tira de las redes, otros van de un lado a otro acomodando cajas, safando cabos y transportando nieve para mantener el pescado fresco.

Esta noche pescan boquerones. Adrián y Joaquín se preparan para colocarlos sobre las cajas de madera.

 

Han terminado con el segundo cerco, preparan dos mesas con tablas y cajas, mientras aquellos que aún son peces, desesperados, intentan sin éxito nadar en el aire. Algunos con guantes, otros con las manos desnudas, comienzan a limpiar los boquerones ya cubiertos de nieve para empacarlos en cajas y descargarlos lo más pronto posible al llegar a La Barceloneta.

 

El regreso

Por primera vez desde que zarparon se puede ver la línea que separa al mar del cielo. En breve, las estrellas, como los boquerones, dejarán de brillar. Encarna y Miguel emprende su regreso a La Barceloneta escoltado por decenas de gaviotas. En la cabina, bajo una fotografía de su padre, descansa por fin Manolo. El timón lo tiene entre manos Manel, el mayor de sus hijos, quien algún día será capitán, como lo es su padre y como lo fue su abuelo. “Espero que este barco viva muchos  años más”, dice Manel con la vista en el horizonte.

 

Cuando los barcos envejecen son destruidos, estos días varios de la Barceloneta han llegado a su final. Es el caso del  Segre, que fue llevado al desguace. José María trabajó en él desde los 13 años. Su tío, ahora jubilado, lo capitaneaba. Una de las particularidades de la pesca es que debido a su exigencia, la jubilación del oficio es a partir de los 55 años.

 

 

Juntos, José María y su tío sacan lo que queda dentro, antes de despedirse para siempre de él. “Es una pena, una pena en verdad. La Comunidad Europea me dará un poco de dinero este año —cuenta José María— Así que por ahora cobraré el paro y no trabajaré. Me da pena, pero es un trabajo muy duro y tengo ganas de descansar.” Al regresar ya no tendrá al Segre, lo cual no es impedimento que siga trabajando “Me embarcaré en algún pesquero de aquí, todavía no se a cual, pero después de toda una vida en el muelle tengo  opciones.”

Los boquerones se pescan a menudo, sin embargo si son pequeños como en la foto se venden a un precio muy bajo.

 

Del otro lado del puerto llega Encarna y Miguel. En la lonja los esperan los compradores que adquirirán los boquerones en la subasta. Los pescadores descargan las cajas, con manguera limpian la cubierta y remiendan las redes que se han dañado durante la noche. Al terminar irán a casa a dormir otro poco. Uno a uno salen del muelle, pasando junto al antiguo reloj, que alguna vez fue el faro de la ciudad. Horas después, este reloj marca la medianoche y los pescadores una vez más regresan a La Barceloneta.