Esta entrevista/perfil fue terminada en 2015, un año antes de su muerte, y se mantiene aquí intacta.

Siempre es reencontrarse. “Renacer”, como dice Miguel de la Quadra. Así se siente uno con él, como quien renace -no es hablar por hablar-.

Miguel de la Quadra-Salcedo Asumendi está sentado en una de las sillas de la mesa del comedor. Una robusta mesa llena de objetos. Miguel mira por encima de las gafas de pasta negra, por encima de todos los libros apilados -“siempre hay que leer las primeras publicaciones, las que leían los antiguos”, imagínense la mesa- después me estrecha su mano. Con la otra sujeta el engañoso bastón que siempre le acompaña: dentro esconde su jabalina. Viste elegante para encontrarse en casa, pero parece cómodo. Dispuesto a partir al mundo con cualquier excusa. Para eso le acompañan las botas Panamá Jack, claro. O para atender alguna visita.

Nos sentamos frente a frente en dos pesadas sillas en el salón de objetos indescifrables. Las emociones se reencuentran. Empezar preguntando por Latinoamérica debe tener resultado positivo. Él conoce cada uno de sus países, de sus tribus y de sus selvas. Primer error: “es Hispanoamérica o Iberoamérica (si quieres contar a Brasil y Portugal)”. A Miguel de la Quadra le gusta enseñar, y la entrevista termina por parecer una clase de historia. Y es que todo acaba y nace allí: en el puente entre América y España. “Somos de ida y vuelta”, afirma.

La clase continua, él siempre busca –y encuentra- las respuestas en la historia. Los primeros periodistas: los cronistas de los Reyes Católicos en el Nuevo Mundo. “Hay que bucear en el túnel del tiempo para ver quiénes eran en España los primeros periodistas”. Personajes como Fernández de Oviedo, Pedro Mártir de Angleria o Diego Álvarez Chancla son para Miguel de la Quadra el enlace entre pasado y presente. “Son periodistas que entienden que más allá de la noticia está el humanizar. Hay que hacer artículos que lleguen un poco al espíritu y al alma de los lectores, y eso lo descubrimos cuando descubrimos América”. No resulta fácil seguirle la pista, se mueve por la historia como los mayas por sus Caminos Blancos. No ha perdido su capacidad para remover entre los siglos y acaba por relacionar a Sor Juana Inés de la Cruz con Vargas Llosa y Ciro Bayo. Parece ser el único capaz de ver todas las conexiones entre el Viejo y el Nuevo Continente. “Hay que abrir los ojos, investigar y aprender”, concluye.

“Los periodistas de hoy tienen que saber quiénes son ellos y haber hecho un viaje al interior. Tienen que ser socráticos”, Miguel de la Quadra lanza este mensaje a las nuevas generaciones de periodistas: nosce te ipsum. Tiene vocación de maestro: “me gusta enseñar”, dice. -Esto sí que es una suerte-. “Por ejemplo: el año que viene es el Quinto Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús…”, se queda de nuevo buceando entre la historia. Sale a flote en Cartagena de Indias elogiando a la Monja Alférez. Es una llamada telefónica la que interrumpe la historia y nos devuelve a las sillas pesadas.

“Tenemos muchos retos pero para mí lo más importante es saber que la vida es un continuo caminar sin parar, sin mirar atrás y sin final, claro”, Miguel de la Quadra pronunció estas palabras en una conferencia que ya no recuerda. Esta frase saldrá grabada con su voz en una campaña para luchar contra el Alzheimer. Alguien si la recordó y quiso guardarla. Ahora quedará para todos olvidada del olvido.

De la Quadra, sentado en el salón indescifrable, sigue teniendo retos. Para él y para todos. “Hoy en día es una inutilidad cómo se estudia en España. ¡Qué pecado mortal estamos haciendo con los hijos de los emigrantes! No se estudia ni una sola lección del descubrimiento de América, de las culturas precolombinas… ¡No sabemos nada de ellos!”. Es que para él España no existe al margen de América: “España es con Iberoamérica, somos de ida y vuelta, eso es importante también para ellos”. Defiende que los valores son transversales entre la historia y la actualidad, entre América y Europa, entre sus culturas. Miguel de la Quadra conoce bien todo esto. Vivió con los pueblos indígenas del Amazonas –o como ellos, mejor-. Aprendió de su cultura –aunque el aprendizaje seguro que fue recíproco-. “Son los únicos que están dejando el patrimonio mundial (que es la selva) igual que lo recibieron. Cosa que los blancos están destrozando con su ambición de construir. Atacando a los pulmones donde se produce el oxígeno tan vital para todos”.

Al hablar sobre la selva, sus ojos se ponen brillantes –una mezcla entre nostalgia y rabia-. Lo que se torna tan ajeno para algunos para él es sentirse como en casa. “Los olores, he traído de allá los olores…”. No es una metáfora. Miguel de la Quadra manda a buscar su caja de la selva. Al destaparla: un intenso olor a clavo –esa especia otrora tan valiosa-. “Tú no podías hablar al emperador de China si no tenías un clavo en la boca”. La clase continúa con el cacao del Amazonas boliviano y con la magia del bezoar: “valía igual que el oro, con eso descubrías si la comida estaba envenenada o no. Le echas unas gotas y cambia de color”.

Para Miguel de la Quadra-Salcedo el espíritu existe. Es a él al que debemos dirigirnos cuando nos relacionamos. Para Miguel de la Quadra el concepto de humanidad aún guarda todo su sentido y la música es el elemento que la mantiene a salvo. “Cultura general y música. Donde hay música no hay violencia”, repite varias veces. Defiende el poder de las personas –cuando están juntas- y saben ir de la mano de la cultura. Esta es su receta para España, por ejemplo. También cree en la pureza de los movimientos políticos y de los ideales –esos que tanto han sufrido con las dictaduras aquí y allá-. “Cuando uno es Frente de Liberación Nacional todos son puros pero cuando llegan al poder siempre se corrompen”. Aún guarda el ansia por cambiar el mundo –como alguien más joven-. Pero la quietud de quien ya lo conoce.

Miguel de la Quadra tiene una mirada azul y transparente que recuerda al Atlántico. Sus ojos se encienden cuando “bucea en el túnel del pasado”. Es un regalo esta inmersión. Es bucear por la historia del siglo XX de primera mano. De sus reportajes podemos saber cómo fue la guerra en Eritrea, en Vietnam o en el Congo. Ver las imágenes del golpe de Estado a Allende y la posterior represión de Pinochet o de la muerte del Ché Guevara. Fueron muchas las conversaciones –cómo a él le gusta llamarlas- gracias a su profesión y en las que el intercambio siempre fue mutuo. “Yo diría que más que entrevistar conversé y eso es más importante”.

El salón de objetos indescifrables empieza a cobrar su sentido. Figuras de dioses incas, alfombras de la Ruta de la Seda, globos terráqueos pintados a mano, lámparas de piel natural, cajas llenas de especias exóticas, mantas bordadas en los Andes y fotografías de colores verdes, azules y rojos dónde solo él podría encontrarse.

“Me quedo con las montañas del Pirineo Navarro, sobre todo que tiene ese árbol que a mí me gusta más que el roble: son las hayas de hoja caduca. Lo importante es ver renacer las hojas”. Después de recorrer el mundo –con cada uno de sus países- Miguel de la Quadra elige su hogar, donde nació y empezó a soñar. “Mi mayor aventura: haber nacido en casa de mi madre, y no en una clínica”, para él lo más importante es empezar a vivir la aventura desde el momento cero. No era hablar por hablar cuando dijimos renacer.

“Yo ya he hecho todo lo que dicen que hay que hacer en la vida: plantar un árbol, tener hijos y viajar en globo”, él modifica la frase a su gusto. Viajar. Repite esta palabra varias veces para sí mismo. Pensativo. Ahora no hay ninguna llamada para devolverle a la pesada silla. “En mi pasaporte debería poner de profesión giróvago. Los giróvagos eran monjes que iban de convento en convento recorriendo el mundo. Así he visitado yo América”. Miguel de la Quadra suma una más a sus incontables profesiones. Abandona por un momento la clase de historia. Se suavizan sus facciones, sonríe y también bromea. No parece que le importe hablar de sí mismo. Se conoce bien. No tiene miedo a buscar en su pasado. Le gusta todo lo que siente.

“Ahora lo que pasa es que rompo mis sueños por la noche porque quiero estar despierto. Porque soñar es importante pero no lo vives de verdad”. Aventurero, reportero de guerra, botánico, amante de la historia y atleta olímpico. Ha sido feliz en todos los sitios a los que ha ido. Pero para él aún no ha sido suficiente. Su modalidad de tiro de jabalina –estilo vasco- superó el récord mundial, aunque no fue homologado (aun así le acompañan innumerables títulos nacionales de peso, disco y martillo). Sus reportajes marcaron a toda una generación de periodistas durante los 60, los 70 y los 80. Posteriormente su vida ha girado en torno a las expediciones Ruta Quetzal que le permiten adentrarse cada vez más en el conocimiento de Iberoamérica y que ha dado la oportunidad a 10.000 jóvenes de todo el mundo de entender el encuentro entre culturas, siguiendo las huellas de los primeros exploradores.

“Mi mayor orgullo creo que es el ser abuelo. Pero es que no soy abuelo de cinco nietos reales, sino que soy abuelo de 10.000 virtuales, los que han pasado por la Ruta Quetzal y Aventura 92, los que han visto y descubierto qué es Iberoamérica. Han conocido a nuestro rey y aprendido el respeto hacia otras culturas”. Para Miguel de la Quadra Salcedo la Ruta Quetzal ha sido la fuente de la juventud de la que hablaba Ponce de León. Para los jóvenes son el primer acercamiento al mundo. Encontrarte de frente con otras culturas de las que nadie te había hablado. El primer viaje –tan necesario- al interior de un mismo. “La Ruta Quetzal ha sido un poco lo que yo he hecho a lo largo de mi vida. Creo que ese ha sido el gran descubrimiento y lo que me ha ido alimentando”.

A Miguel de la Quadra le gusta imaginar la tierra como la imaginaron los primeros. Se refiere a Colón y a los conquistadores. Le gusta ponerse en la piel de aquellos que tuvieron que lanzarse al mundo porque éste aún no estaba terminado. “Yo no puedo ver que entro en la cabeza de aquellos si me pones el texto en un libro hecho ahora, me gusta tocar el papel que ellos tocaron”.

Sabiendo esto quizá lleguemos a entender su afán por conocer cada pedazo del planeta. Entre todos los manuales de la mesa del salón indescifrable aparecen unas letras doradas. Puede leerse: Imago Mundi, es el libro que acompañó a Colón en su primer viaje a América. Realizado por el teólogo Pierre d’Ailly contenía la representación de la tierra en aquel momento. Quizá ahora le debamos a Miguel de la Quadra algo de la compleja imagen del mundo.